Darío, Maxi y el Oso: multiplicar sus ejemplos, radicalizar las luchas
En un nuevo aniversario del asesinato de Kosteki y Santillán, una reflexión sobre la importancia de la militancia.
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Resistencias
6/25/20269 min read


Foto: Revista Resistencia.
Por Mariano Pacheco y Pablo Solana
La formación militante incluye prepararse y preparar al pueblo para la lucha en las calles, dinámica imprescindible contra gobiernos autoritarios como el que ahora, otra vez, padecemos. El Oso fue brigadista en Nicaragua, Darío aprendió a hacer molotovs y Maxi se sumó a la primera línea para cuidar al resto.
La efeméride, en este caso, nos permite unificar en el recuerdo el 26 de junio de 2002, cuando cayeron asesinados Darío Santillán y Maximiliano Kosteki en Avellaneda, y el 25 de junio de 2004, cuando mataron al Oso Cisneros en La Boca. Darío y Maxi fueron integrantes de los Movimientos de Trabajadores Desocupados (MTD) de la Coordinadora Aníbal Verón; El Oso, miembro de la organización Los Pibes, con más larga historia en la militancia. Los tres se jugaron por los demás de tal modo que en otros tiempos se los hubiera reivindicado sin dobleces como militantes revolucionarios.
Fueron asesinados, pero viven en la memoria del pueblo por su dedicación combativa más que por los crímenes que les cobraron la vida. “Multiplicar su ejemplo, continuar su lucha” fue la primera consigna guevarista que pintamos en la bloquera donde trabajaba Darío tras su muerte; más de dos décadas después, sigue siendo imprescindible multiplicar la experiencia internacionalista y la convicción militante del Oso, la decisión inquebrantable de Darío a la hora de enfrentar la represión, la sensibilidad de Maxi al dar su alma artística y su cuerpo suburbano por lxs demás.
Los procesos por los que llegaron a esos niveles de compromiso, de los más altos de sus generaciones –junto a otrxs militantes como Santiago Maldonado, Micaela García o Mariano Ferreyra–, incluyen instancias de formación y preparación pocas veces mencionadas.
En cada caso, después de los crímenes, la necesidad de ampliar el reclamo y recibir el apoyo de quienes pudieran no compartir métodos y decisiones políticas, llevó a suavizar relatos y priorizar los lados más amables de sus militancias, como la solidaridad y el compromiso cotidianos, aspectos de un valor ético y estratégico de primer orden. Pero esos valores fueron de la mano de una voluntad de combate que no se limitó a una circunstancia puntual sino que, como resultado de una caracterización política rigurosa, se convirtió en preparación militante para desafiar la represión.
Darío, Maxi y el Oso, cada uno con historias diferentes pero con una sensibilidad y una voluntad común, sabían que la represión es el recurso al que apelan las clases dominantes para sostener todo proyecto antipopular y que, por eso mismo, era imprescindible superar el miedo y contagiar el coraje. Sabían que, al igual que sucedía con cada pequeño compromiso cotidiano, también en la lucha en las calles debían predicar con el ejemplo.


Foto: Revista Resistencias.
El Oso
Martín Cisneros, el Oso, empezó a militar en su adolescencia, cuando todavía la dictadura ejercía su violencia sistemática. Se incorporó al Regional Norte del conurbano bonaerense de la Federación Juvenil Comunista (La Fede) y, cuando el alfonsinismo a poco andar decepcionó las expectativas populares que se habían generado tras el regreso de la democracia, protagonizó acciones de resistencia que chocaron con las políticas timoratas de la posdictadura.
Cuando las inundaciones dejaron a miles de familias sin nada, abandonadas por el Estado, el Oso y sus compañeros tomaron por la fuerza el municipio de San Martín y repartieron la asistencia social por medio de la acción directa. En 1988, cuando la CGT convocó a grandes movilizaciones y la policía se dispuso a reprimir, participó de los hechos violentos de resistencia. Lo mismo hizo con las acciones de barricada contra la presencia del vicepresidente yanqui Dan Quayle, que en plena década de los 90 vino a reforzar las “relaciones carnales”. Antes de eso, ya en 1987, había viajado como brigadista a Nicaragua, donde la revolución sandinista resistía la contrarrevolución financiada por Estados Unidos. Esa experiencia marcó su formación. Cuando el Partido Comunista ya no contuvo a aquella juventud rebelde, el Oso se fue con sus compañeros más cercanos. Empezaron de nuevo, casi de cero: el pequeño grupo aportó su experiencia en la organización de las familias sin techo que habían ocupado el edificio de las bodegas Giol, y allí dieron una lucha ejemplar contra el violento operativo de desalojo. A partir de entonces, el Oso y sus compañeros crearon la Agrupación Resistencia, antecedente de la Organización Los Pibes, que lograría un arraigo social ejemplar La Boca. Dedicado a impulsar emprendimientos comunitarios y a enfrentar a los narcos que acechaban a los pibes y las pibas del barrio, intentó resistir una agresión armada de un puntero con amparo policial, quien finalmente logró abatirlo.
Sus compañerxs tomaron la comisaría tras el crimen, en una acción inédita por su audacia, por la capacidad de control de la situación y la gestión del repliegue posterior, ante una amenaza represiva descomunal. Por eso, para evitar ser criminalizados, durante los primeros años después de su muerte, del Oso se priorizó la reivindicación de su participación en las ollas populares, el cuidado de las pibas y los pibes marginados, la ternura de aquel muchachote sensible del conurbano. Pero junto a esos valores fundamentales se había forjado un cuadro militante preparado para la lucha: a lo largo de su vida recibió entrenamiento disciplinado, organizó barricadas y enfrentó, en más de una ocasión, a las bandas armadas funcionales al narco y a la represión. Ese Oso preparado para el combate tiene también mucho para decir a las nuevas generaciones que buscan referentes a la altura de los desafíos actuales.
Darío
El Cabezón, como le decíamos, comenzó su militancia en el colegio secundario del sur del conurbano. Fue parte de una generación que enfrentó los más fuertes embates neoliberales, como la Ley Federal de Educación y las políticas represivas de los 90. En aquellos años, cierta sensibilidad le llegó por vía del rock: el metal pesado de Hermética, Almafuerte y Malón; las antiguas canciones de V8 que llamaban a conformar “brigadas metálicas”, y el rock crudo de Los Redondos o de las bandas de garaje, esquinas y plazas. Las imágenes del Che, el subcomandante Marcos, las Madres de Plaza de Mayo, María Claudia Falcone y las pibas y pibes de la Noche de los Lápices fueron parte de una politización que combinó la solidaridad con los condenados de la tierra, con la predisposición a la lucha.


Foto: Revista Resistencias.
La incorporación a una organización política con tradición y vocación revolucionaria –el Movimiento La Patria Vencerá– lo motivó a participar en asambleas del barrio, a leer teoría marxista y también a aprender técnicas de lucha callejera, como la preparación de molotovs y clavos miguelito. Antes del auge del movimiento piquetero, Darío, que andaba todavía por los 20 años, ya estaba fogueado en hechos sencillos pero contundentes, como las acciones directas de sabotaje que acompañaban los paros sindicales, o la organización de protestas que incluían el uso de combustible y algún encendedor cuando así lo exigían las protestas más contundentes, como las que se dieron en repudio a las misiones del FMI.
Los años que concentraron su militancia más exigente, entre 1999 y el primer semestre de 2002, fueron tiempos de una intensa formación política integral, sobre el terreno mismo de la lucha de clases. Se trababa, al fin y al cabo, de no permitir que la represión lograra desactivar las protestas; de no bajar las banderas revolucionarias en tiempos adversos, después de la derrota de los años 70, período que el Cabezón estudiaba con máximo interés.
En Darío, y en sus compañeros y compañeras, estaba la certeza de que “solo el pueblo salvará al pueblo”, que la crisis económica y la crisis política habilitaban métodos audaces de lucha, y que teníamos que “echarlos a todos a la mierda y que gobierne el trabajador”, como cantábamos cuando se lograba copar el Puente Pueyrredón.
Maxi
Nació en Lomas de Zamora, en el sur del conurbano bonaerense, y creció durante los años del menemismo. La rebelión popular de 2001 lo encontró, como a la mayoría de los de su generación y de su condición social, sin trabajo estable, sobreviviendo con changas de letrista, cuidando perros, haciendo malabares en los semáforos y pasando la gorra. Tenía vocación de artista y planeaba estudiar Bellas Artes en la Universidad de La Plata. Influido por las luchas que se multiplicaban, el 1° de mayo de 2002 fue por primera vez a una manifestación en Plaza de Mayo junto al Movimiento de Trabajadores Desocupados (MTD) de Guernica. En el barrio se sumó a la organización del comedor, la huerta, la panadería y la biblioteca. El MTD era parte de la Coordinadora Aníbal Verón, una de las corrientes más combativas del movimiento piquetero. El 26 de junio de 2002 se ofreció para integrar la primera línea de resistencia. Se sumó a los demás pibes y pibas que habían ido dispuestos a sostener la confrontación, entre ellos Darío. No tenía experiencia militante, pero sí la comprensión del momento histórico y la decisión de jugarse a la par de los demás. Sus herramientas de transformación social fueron el arte, pero también el pañuelo con el que se cubrió el rostro y las piedras con las que hizo retroceder, al menos momentáneamente, al cordón policial.


Foto: Revista Resistencias
El caso de Maxi complementa al de Darío y el Oso: cuando los más militantes convocan al pueblo a organizarse, facilitan la participación de quienes deciden acompañar el llamado a la lucha, protagonizan las batallas por la justicia y se convierten, de ese modo, en banderas y ejemplos a imitar.
Ayer como hoy
¿Cómo sostener las banderas y la propuesta de la revolución en tiempos de contrarrevolución? Para la militancia de la que fueron parte Darío, Maxi y el Oso, se trataba de hacer confluir la resolución de las necesidades cotidianas de los sectores populares con el rechazo a los modos dominantes de hacer política. Eso implicaba estar dispuestos a la escucha de las voces disonantes, a conectar con las prácticas que pudieran abrir un nuevo ciclo de protagonismo del pueblo.
La lectura de las tendencias que abrieron las puebladas en Cutral Có y Plaza Huincul en junio de 1996 (por estos días se estarán cumpliendo 30 años) fue fundamental: allí se pusieron en juego nuevos modos de organización y metodologías de lucha, y se tornaron visibles los sectores sociales más postergados. Esa conjunción motorizó un proceso de resistencia popular y generó un entusiasmo tal que toda esa joven militancia dio un paso al frente. Ya sea desde las organizaciones territoriales, desde el activismo en los colegios secundarios, en la toma de tierras o de viviendas, o por medio de la producción de arte popular, se promovieron medidas de confrontación con el poder cada vez más radicales.


Los autores de la nota, Pablo Solana y Mariano Pacheco, junto a Darío Santillán. Foto: Revista Resistencias.
Hoy, frente al avance de las extremas derechas, pero también frente a la crisis de las formas de organización con las que llegamos hasta acá, hay rutinas de movilización que ya no sorprenden al poder, ni a quienes aspiramos a desarrollar una posición activa dentro del campo popular. Ante esa realidad, y ante las propuestas que se afincan casi por completo en un horizonte de disputa electoral para una “gestión” futura del Estado, nos preguntamos si la memoria de las luchas del pasado no debería contribuir de mejor forma a inspirar nuevas apuestas que nos saquen del lugar de impotencia o comodidad en el que muchas veces nos encontramos.
Solidaridad, sensibilidad, compromiso, entrega: los valores que atravesaron las militancias de Darío Santillán, Maximiliano Kosteki y el Oso Cisneros son los que cimentaron una combatividad que hoy se ve lejana. El señalamiento a presuntos “infiltrados” cuando hay resistencia activa a la represión es un síntoma grave de esa lejanía.
Aquellas combatividades fueron las que lograron algo fundamental para cualquier proceso de lucha emancipador: que el miedo cambie de bando. Las clases dominantes sintieron miedo de la capacidad de lucha del pueblo en 2001 y en la deriva posterior, hasta la represión del Puente Pueyrredón, y seguían sintiéndolo dos años después, cuando las luchas seguían multiplicándose en aquel junio de 2004.
Por eso la memoria de quienes cayeron peleando sigue siendo una parte sustancial de nuestras luchas. Porque los poderosos les siguen teniendo miedo. Y cuando los de arriba temen, se envalentonan los de abajo.
Esa es la invitación que nos hacen Darío, Maxi y el Oso. Multipliquemos sus ejemplos, radicalicemos las luchas que vendrán. Hoy vencer parece imposible, pero ya lo dijo el Che, a quien los tres admiraban: lo imposible solo cuesta un poco más.
Edición original de la nota: https://www.revistaresistencias.com/2026/06/25/dario-maxi-y-el-oso-multiplicar-sus-ejemplos-radicalizar-las-luchas/
